Mi vida después de la droga

A los 25 años era politoxicómana. A los 29, ingresé en el centro de rehabilitación. Hoy eso quedó atrás y monté mi propia editorial de divulgación científica.

 

Hubo una época en la que se me conocía como Wendy. Era una de las protagonistas del fanzine Wendy & Rita, de la que también era directora. Con ese proyecto me hice un mundo a mi medida e incorporé a todos mis amigos. Se trataba de un cómic hecho con fotos, lo que se conoce como fotonovela. Nosotros hacíamos las fotos, posábamos, llevábamos a cabo la producción, los guiones, y lo que en su momento fue una verdadera novedad, la gestión comercial del product placement, o lo que es lo mismo, la venta de espacios publicitarios dentro de las viñetas.

Entonces tenía 25 años y era politoxicómana. Había empezado a consumir como la mayoría: alcohol a los 14, marihuana después, cocaína a los 20 y, a partir de ahí, lo que fuera. No importaba si éxtasis, ketamina o benzodiazepinas, cualquier cosa con tal de no sufrir el síndrome de abstinencia. Mi trabajo en Wendy & Rita logró mantenerme a flote. Invertí mucha energía, ilusión y dinero, incorporé a mis amigos y familia al proyecto y, al final, todo saltó por los aires. No es bueno mezclar las cosas, y menos si hay droga de por medio. Ahora intento trabajar con personas con las que no tengo un vínculo emocional demasiado fuerte, hay algunas excepciones por supuesto, pero es una norma que trato de autoimponerme.

 

Hay gente que hoy me pregunta cómo he llegado montar una editorial de ciencia después de semejante trayectoria. Pues bien, porque con Wendy & Rita descubrí el mundo de la edición y hoy, después de diez años, he tenido la oportunidad de volver a él. La ciencia era una elección natural después de haber estudiado Biología. La carrera, por cierto, la empecé a los tres años de salir de desintoxicación.

“Al ingresar en el centro de desintoxicación pensé que nada podía ir a peor”Ingresé en el centro con 29 años, los seis meses de ingreso fueron como tragar brasas en el mismísimo infierno. Cuando pasas por una experiencia como esa no vuelves a ser nunca más el mismo. Al ingresar pensé que nada podía ir peor, que mi vida no valía más que una colilla apagada sobre el último vómito del borracho de turno. Pero me equivoqué, los primeros meses sin consumir me llevaron directamente al hoyo. Luego comprobé que la única manera de recuperarse de algo así es tocando el piso siguiente al que llaman “fondo”.

La vida en desintoxicación es muy extraña, de pronto ya no perteneces al mundo, el día a día de tu gente continúa pero el tuyo se congela. Tu rutina consiste en levantarte a las siete de la mañana, desayunar, hacer dos horas de deporte para lograr acallar la ansiedad, ir a terapia de grupo, comer, hacer un puzzle si el pulso te lo permite, volver a terapia, cenar y acostarte. Mi mejor momento del día era cuando caía la noche, entonces me iba a mi dormitorio, preparaba sobre la sábana el tabaco, el mechero y el cenicero, encendía la televisión y sentía que el sufrimiento del día iba desapareciendo entre calada y calada.

“Los seis meses de ingreso fueron como tragar brasas en el mismísimo infierno”No podía olvidar dónde estaba, debía estar atenta a los anuncios y si aparecía alguna marca de alcohol, cambiar rápidamente para que la imagen no se me quedara en las retinas robándome el sueño. Eran momentos de paz que desaparecían nada más amanecer. Entonces lo primero que hacía era encender otro cigarro y dejar que se congelara una idea en mi cabeza: morir.

Sentía que era incapaz de afrontar el día con todas esas actividades en las que no lograba deshacerme de la angustia. Solo al pensar que debía bajar, desayunar y hablar con los compañeros, se me formaba una pelota de acero entre las costillas. Todos los días, durante cada minuto del día, sentí ese acero en el pecho. Caliente y pesado. No me entraba la comida, mis endorfinas no reaccionaban al deporte, los puzzles me generaban unos ataques de ansiedad que me moría. No hacerlos era todavía peor. Y el único remedio para días y días soportando el síndrome de abstinencia era tomar baños de agua caliente. Todavía se me encoge el estómago cuando recuerdo el vértigo que sentía dentro de esa bañera.

En las terapias de grupo los primeros meses sentí pánico. No me fiaba de nadie, no me gustaba lo que oía, me parecían todos una pandilla de lunáticos. Con el tiempo, logré darme cuenta de que no había ni uno solo que estuviera peor que yo… ¡qué bien funciona el autoengaño en la adicción! Afortunadamente, a medida que pasó el tiempo y mi cabeza fue despejándose, aprendí a reconocer las estrategias de mi pensamiento, los atajos y las maniobras que llevaba a cabo para hacerme creer que ya estaba bien, que yo no estaba tan enganchada como los demás, que yo sí podría tomar aunque fuera un poquito.

Pase lo que pase, no volver atrás

Tanto me manipulé que en primera salida recaí, y de allí directa al fondo del pozo. Volví a ingresar y todo volvió a empezar, solo que esta vez yo partía desde más abajo y la verticalidad se me hacía imposible. Si no llega a ser por mis compañeros y, sobre todo, por mi terapeuta, no lo cuento. Ella confió en mí cuando yo ya no podía. Eso fue lo que me hizo reaccionar, si ella era capaz de confiar en mí, quizá yo todavía valía la pena. Ese momento de esperanza fue mi salvación. La mirada amorosa de otra persona, solo eso hizo que quisiera luchar y continuar pasara lo que pasara.

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